El agua negra no salpicó. Se aferró a la madera como si tuviera voluntad propia, provocando que la pequeña barca se sacudiera con una violencia brutal, inclinándose peligrosamente.
Seraphina soltó un grito ahogado y se aferró a los bordes astillados, sintiendo el frío sepulcral de la obsidiana líquida a milímetros de sus nudillos.
Decenas de manos esqueléticas, pálidas como la luna muerta, emergieron de las profundidades. Dedos largos y afilados se clavaron en la madera, intentando volcar la e