En la planicie helada que se extendía más allá del muro de piedra, la tensión era una bomba de tiempo a punto de detonar.
Los asesinos de la horda contenían el aliento, con los ojos clavados en la espalda de Ronan. El Alpha no había movido un solo músculo, pero la letalidad que irradiaba su cuerpo era suficiente para detener a cualquiera que se atreviera a dar un paso.
Quería matarlo. Quería arrancar la cabeza de Kaël y dejar que su sangre tiñera la escarcha.
Seraphina lo sabía. Podía sentir l