Semanas después.
El despertar no llegó con la suavidad de la luz matutina, sino con una pesadez que anclaba el cuerpo de Seraphina al colchón de plumas. Antes de abrir los ojos, llevó las manos instintivamente hacia su vientre. Allí estaban. Su mundo entero, contenido en una curva de piel tirante que parecía crecer cada hora, no cada mes.
Al principio, solo sintió el calor familiar. El latido doble, rápido y furioso, de dos vidas que luchaban por espacio. Pero luego, por una fracción de segundo, sintió ese otro toque. Una corriente de aire helado que no venía de la ventana abierta, sino desde adentro. De las profundidades de su propio vientre.
—Sigues haciéndote la dormida —la voz de Ronan era un retumbar bajo, vibrando en el aire cargado de la habitación.
Seraphina abrió los ojos. Él estaba allí, por supuesto. Siempre estaba allí.
Desde que Draven murió y su cuerpo se deshizo en sombras, llevándose con él la maldición que había infectado las mentes de la mitad de su manada, Ronan se