Semanas después.
El despertar no llegó con la suavidad de la luz matutina, sino con una pesadez que anclaba el cuerpo de Seraphina al colchón de plumas. Antes de abrir los ojos, llevó las manos instintivamente hacia su vientre. Allí estaban. Su mundo entero, contenido en una curva de piel tirante que parecía crecer cada hora, no cada mes.
Al principio, solo sintió el calor familiar. El latido doble, rápido y furioso, de dos vidas que luchaban por espacio. Pero luego, por una fracción de segundo