88 | No me iré sin ella

El silencio que siguió a la carnicería en el patio fue más pesado que el estruendo de la batalla. Draven ya no era un hechicero, ni una sombra, ni un dios autoproclamado. Era carne. Carne destrozada y esparcida sobre las losas antiguas, un despojo húmedo que ya no reía ni amenazaba.

El Gran Lobo Negro estaba de pie sobre los restos, con el pecho agitado como un fuelle, el hocico goteando carmesí. Pero la victoria no sabía a triunfo. Sabía a ceniza.

El vínculo se había cortado. Ese hilo plateado
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