La órden de Ronan fué el rugido de un animal herido que ve cómo le arrancan el corazón del pecho.
Seraphina yacía en el centro del colchón revuelto, atrapada en una parálisis que convertía sus extremidades en piedra fría. No podía moverse, ni hablar. Solo podía sentir. Y lo que sentía era una invasión.
Las marcas negras en su cintura, las huellas de los dedos espectrales de Draven, palpitaban con un ritmo lento y nauseabundo. No eran moretones, eran raíces. Zarcillos de oscuridad líquida se extendían desde ellas, reptando bajo su piel como tinta derramada, subiendo por sus costillas, buscando el calor de su centro vital.
Ronan estaba sobre ella, sus manos grandes buscando, inútilmente, detener a la oscuridad que buscaba reclamarla.
—¡Maldición! —gruñó.
La puerta se abrió de golpe. Caleb entró arrastrando a Silas. El anciano curandero, con su túnica de lana y su bolsa de hierbas, se acercó a la cama con pasos rápidos. El olor a miedo en la habitación era tan denso que se podía saborear