La órden de Ronan fué el rugido de un animal herido que ve cómo le arrancan el corazón del pecho.
Seraphina yacía en el centro del colchón revuelto, atrapada en una parálisis que convertía sus extremidades en piedra fría. No podía moverse, ni hablar. Solo podía sentir. Y lo que sentía era una invasión.
Las marcas negras en su cintura, las huellas de los dedos espectrales de Draven, palpitaban con un ritmo lento y nauseabundo. No eran moretones, eran raíces. Zarcillos de oscuridad líquida se ext