El impacto debería haber sacudido la tierra.
Seraphina, paralizada en la cama, con el veneno negro reptando por sus costillas como enredaderas, escuchó el silencio.
A través de las puertas del balcón abiertas de par en par, el sonido de la noche entraba sin filtros. Caleb estaba de pie en el umbral, su cuerpo tenso como una cuerda de violín a punto de estallar.
Silas murmuraba palabras que carecían de efecto alguno mientras le aplicaba un ungüento en el pecho a Seraphina.
Ella no podía levanta