El impacto debería haber sacudido la tierra.
Seraphina, paralizada en la cama, con el veneno negro reptando por sus costillas como enredaderas, escuchó el silencio.
A través de las puertas del balcón abiertas de par en par, el sonido de la noche entraba sin filtros. Caleb estaba de pie en el umbral, su cuerpo tenso como una cuerda de violín a punto de estallar.
Silas murmuraba palabras que carecían de efecto alguno mientras le aplicaba un ungüento en el pecho a Seraphina.
Ella no podía levantar la cabeza, pero no necesitaba ver para saber lo que estaba pasando. El vínculo con Ronan la dejaba sentir todo lo que él sentía.
Abajo, en la entrada, el gran lobo negro había chocado contra la figura de Draven, pero fué inútil, porque solo atravesó al rey oscuro como si fuera un espectro de humo.
Draven se disolvió en una neblina negra al instante del contacto, reformándose tres metros a la izquierda, inmaculado, con las manos aún en los bolsillos de su abrigo largo.
—Predecible —la voz de Dr