La paz era un velo de seda, hermoso pero engañosamente fino.
Habían pasado dos meses desde que la nieve cubrió la sangre en el jardín de la Finca Thorsten.
Dos meses de reconstrucción, de risas de Hunter resonando en los pasillos y de noches en las que el único sonido era la respiración profunda y rítmica de Ronan junto a ella.
La manada prosperaba bajo el mandato de la Luna de Vida. El mundo parecía haber olvidado el sabor de la ceniza.
Pero esa noche, el sueño no trajo descanso a Seraphina. La arrastró.
No hubo transición. Un momento estaba acurrucada contra la espalda cálida de su compañero, y al siguiente, estaba de pie, descalza sobre un suelo que no era madera ni piedra.
Era vidrio negro.
Un plano infinito de obsidiana pulida se extendía en todas direcciones, reflejando un cielo que no tenía estrellas, ni luna, ni sol. Solo había un vacío gris, pesado y estático, del que caían copos suaves y silenciosos.
Seraphina extendió la mano. Un copo aterrizó en su palma. No se derritió.