54 | Dí que eres mía

La habitación se convirtió en una zona de guerra silenciosa.

Ronan no encontró a nadie.

Revisó cada rincón, cada sombra, debajo de la cama, detrás de las cortinas pesadas, dentro del armario. Sus movimientos eran frenéticos, una borrachera de paranoia alimentada por el aroma desconocido que emanaba de la piel de su compañera. Pero no había huellas en la alfombra. No había ventanas forzadas. Todo estaba en silencio.

El enemigo había estado allí, pero no había estado.

—Nadie entró, Ronan —susurró
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