El círculo se formó en silencio. No hubo necesidad de órdenes. La manada conocía el ritual. Los lobos retrocedieron, creando un anillo de espacio vacío en la grava frente a la mansión, una arena improvisada iluminada por los focos de seguridad y la luna llena.
El aire se volvió denso, cargado de estática y feromonas de agresión.
Ronan se paró en un extremo del círculo. Su torso desnudo, marcado por la batalla en las minas y las cicatrices antiguas, brillaba con sudor y sangre seca. Sus ojos dorados estaban fijos en su padre, pero no había odio en ellos. Había una tristeza infinita, la resignación de un hijo que sabe que debe matar a su creador para salvar su futuro.
En el otro extremo, Marcus se quitó los gemelos de oro y los dejó caer al suelo con un tintineo despreciativo. A pesar de su edad, su cuerpo era una máquina de guerra bien engrasada. Sus músculos eran fibrosos, duros como raíces viejas, y sus garras se extendían, largas y amarillentas, goteando anticipación.
—Caleb —dijo R