44 | Jugadas sucias

El círculo se formó en silencio. No hubo necesidad de órdenes. La manada conocía el ritual. Los lobos retrocedieron, creando un anillo de espacio vacío en la grava frente a la mansión, una arena improvisada iluminada por los focos de seguridad y la luna llena.

El aire se volvió denso, cargado de estática y feromonas de agresión.

Ronan se paró en un extremo del círculo. Su torso desnudo, marcado por la batalla en las minas y las cicatrices antiguas, brillaba con sudor y sangre seca. Sus ojos dorados estaban fijos en su padre, pero no había odio en ellos. Había una tristeza infinita, la resignación de un hijo que sabe que debe matar a su creador para salvar su futuro.

En el otro extremo, Marcus se quitó los gemelos de oro y los dejó caer al suelo con un tintineo despreciativo. A pesar de su edad, su cuerpo era una máquina de guerra bien engrasada. Sus músculos eran fibrosos, duros como raíces viejas, y sus garras se extendían, largas y amarillentas, goteando anticipación.

—Caleb —dijo R
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