Marcus Thorsten soltó una carcajada incrédula que resonó en la noche.
—¿Tú? —se burló, mirando a la pequeña figura humana que se interponía entre él y su presa—. ¿Vas a pelear conmigo, niña? Ni siquiera tienes forma de combate.
Seraphina no respondió. No necesitaba palabras. Sentía el veneno recorriendo el cuerpo de Ronan a sus espaldas, un frío negro que intentaba apagar su corazón. Y sintió su propia sangre, ese río de vida, respondiendo al ataque.
No fue doloroso esta vez. No hubo huesos rompiéndose con agonía.
Fué una liberación.
Seraphina se dejó caer hacia adelante, y antes de que sus manos tocaran la grava, la humana desapareció.
Hubo un destello de luz blanca, cegadora y pura.
Y de esa luz, emergió la loba.
Pero no era la loba cobriza que había corrido por el bosque la noche anterior. Algo había cambiado. Su pelaje había mutado con su sangre. Ahora, sobre el manto caoba, corrían vetas de plata líquida y blanco estelar, patrones brillantes que parecían constelaciones pintadas