Marcus Thorsten soltó una carcajada incrédula que resonó en la noche.
—¿Tú? —se burló, mirando a la pequeña figura humana que se interponía entre él y su presa—. ¿Vas a pelear conmigo, niña? Ni siquiera tienes forma de combate.
Seraphina no respondió. No necesitaba palabras. Sentía el veneno recorriendo el cuerpo de Ronan a sus espaldas, un frío negro que intentaba apagar su corazón. Y sintió su propia sangre, ese río de vida, respondiendo al ataque.
No fue doloroso esta vez. No hubo huesos rom