Iris se zafó de su agarre con un empujón, retrocediendo un paso aunque el dolor en su brazo le exigiera piedad.
—No te atrevas a hablar de mi hermano —le advirtió ella, alzando la barbilla.
Evander no se inmutó. La rudeza innegable de sus facciones no mostró ni un atisbo de arrepentimiento.
Era un hombre forjado en la brutalidad, y su presencia depredadora acorralaba el aire a su alrededor con una naturalidad que resultaba tan fascinante como aterradora.
—Hablaré de quien yo quiera en mis ti