Un inmenso lobo de pelaje gris invernal y ojos como tormentas oscuras apareció sobre el acantilado. Imponente. Letal.
No aulló, no gruñó. Solo se lanzó al vacío, aterrizando en medio de los Cosechadores como una deidad de la muerte que había llegado para reclamar sus almas.
El primer asaltante ni siquiera tuvo tiempo de parpadear. Las fauces de la bestia se cerraron sobre su cuello en un movimiento despiadado y limpio, silenciando su vida suspiro.
El pánico estalló en el desfiladero.
Los homb