El tiempo se volvió eterno, pesado y absolutamente asfixiante.
Acorralada contra la pared, Iris dejó de respirar. La proximidad era una colisión violenta de dos mundos. El calor febril de su piel contrastaba con la imponente anatomía del Alpha del norte, que no se veía menos implacable ahora que estaba del todo vestido.
En esa distancia inexistente, el instinto dormido de la loba de Iris reaccionó con una fuerza traicionera. Su aroma a dulce jazmín se adueñó del aire. Intenso, espeso y desesper