El césped húmedo se pegaba a las rodillas de Evander, pero él no le daba importancia. Su hijo mayor, con los dedos hundidos en la tierra, analizaba una huella invisible para cualquier otro ojo.
—¿Sientes el rastro, hijo? —preguntó Evander, su voz un murmullo bajo que imitaba la cadencia del bosque.
El niño frunció el entrecejo, concentrado. Sus ojos, azules y profundos, se clavaron en la marca.
—Huele a pino, papá. Y a algo más... ¿humedad? —respondió el pequeño, levantando la vista con un bril