El frío del valle se volvió insoportable.
El Alpha del Oeste desenvainó un sable largo, forjado en hierro negro y bañado en venenos prohibidos. Su respiración sonaba como un siseo metálico. La bestia que montaba, una masa de carne putrefacta y músculos hinchados, rugió con una desesperación inhumana, preparando el terreno para una masacre final.
Evander permaneció inmóvil.
Sus manos estaban desnudas. No necesitaba acero para romper huesos ni sombras para ocultar su intención. Su cuerpo irradiab