La primera semana transcurrió entre sombras suaves y luz tenue.
La alcoba se convirtió en un refugio impenetrable. Fuera de esos muros, el mundo continuaba, pero allí dentro, el tiempo se detenía en cada suspiro del pequeño.
Evander apenas abandonaba el lado de la cama.
El guerrero, cuyas manos habían sostenido el peso de la guerra, se movía ahora con una fragilidad casi irreal. Se acercaba al pequeño con una devoción que rozaba la reverencia. Sostenía al bebé contra su pecho, sintiendo el cal