La verdad sobre su sangre no se quedó confinada en el laboratorio de Silas. Se filtró como un gas venenoso a través de las grietas de la mansión, alimentada por susurros, por oídos pegados a las puertas y por la red invisible de espionaje que tejía el mundo sobrenatural.
En menos de una hora, Seraphina había dejado de ser solo la compañera del Alpha. Se había convertido en el Santo Grial.
Ronan la llevó de vuelta a sus habitaciones, pero el ambiente había cambiado drásticamente. Ya no era el santuario de una pareja; era un búnker. Ronan cerró las cortinas pesadas, bloqueando la luz del sol, y comenzó a dar órdenes por el teléfono seguro con una voz que no admitía réplica.
—Triplicad el perímetro. Quiero francotiradores en los tejados. Nadie entra. Nadie sale. Corten las comunicaciones externas de la servidumbre.
Colgó el teléfono y se giró hacia ella. Su rostro era una máscara de tensión brutal, sus ojos grises oscurecidos por una paranoia nacida del amor y el terror.
—Vas a quedarte