El milagro verde en la maceta olvidada parecía burlarse de las leyes de la naturaleza. El helecho, hace un minuto un esqueleto marrón y quebradizo, ahora era una explosión de vitalidad esmeralda, sus hojas desplegándose con una arrogancia exuberante, las pequeñas flores blancas emitiendo un perfume dulce que luchaba contra el olor a sudor y violencia del gimnasio.
Ronan no miraba la planta. Miraba a Seraphina.
Su pecho desnudo y brillante de sudor subía y bajaba, pero no por el esfuerzo del combate. Sus ojos dorados estaban fijos en ella con una mezcla de reverencia y terror absoluto.
—No te muevas —ordenó, su voz un susurro ronco.
Se acercó a ella con cautela, como si de repente se hubiera convertido en una bomba nuclear sin cuenta regresiva. Tomó su brazo herido, sus dedos grandes y callosos rozando la piel con una delicadeza extrema. El rasguño ya no existía. La piel estaba pálida, perfecta, sin siquiera una línea rosada que recordara el corte.
—Sanaste —murmuró él, pasando el pulg