La oscuridad antinatural que devoraba la mansión tembló. Desde el balcón, la Luna blanca no bajó la mirada ante el ejército de inmortales. Sus ojos dorados se encendieron con una intensidad que rivalizaba con el mismísimo sol. El aire a su alrededor comenzó a crepitar, cargado de una electricidad pura y divina.
Y entonces, Seraphina liberó su luz.
No fue un simple destello. Un aura dorada, inmensa y etérea, estalló desde el centro de su pecho. La onda expansiva de magia sagrada desvaneció el fr