El aire abandonó los pulmones de Iris en un agónico jadeo seco. La huesuda mano del Maestro apretaba su garganta con una fuerza demoníaca. Sus botas colgaban inútilmente a centímetros del suelo de piedra.
El terror invadió sus dilatadas pupilas.
—¡Suéltala ahora mismo, bastardo! —rugió Adham.
El Príncipe de las Sombras intentó abalanzarse hacia adelante, empuñando su espada. Pero el retorcido hereje simplemente alzó su mano libre.
Lanzó un pulso de magia oscura que estrelló al hermano contra