La paz se había instalado finalmente en la inmensa fortaleza invernal.
Era un silencio nuevo, extraño y profundamente bienvenido. Ya no estaba cargado de tensión sectaria ni de muerte inminente. Solo quedaba el crepitar constante de las enormes chimeneas encendidas y el fuerte viento aullando contra los gruesos muros de piedra oscura.
Evander estaba sentado detrás de su gran escritorio de roble.
Revisaba pergaminos y reportes de la frontera con total concentración. Su postura era relajada, apo