Las palabras de Leo quedaron suspendidas en el aire viciado de la sala como una sentencia de muerte. La llave late dos veces. Ya no era una suposición, el enemigo sabía exactamente lo que Seraphina llevaba dentro. Sabían de los gemelos. Sabían que uno era luz y el otro era una puerta hacia la oscuridad.
Elías y dos guardias se llevaron a Leo, quien seguía sollozando por el dolor de su cuerpo y el trauma de la posesión. En cuanto la puerta se cerró tras ellos, Ronan estalló.
—Nos vamos —dijo el Alfa, girándose hacia Seraphina con una determinación frenética—. Prepara una bolsa. Solo lo esencial. Nos vamos ahora mismo.
Damien, que estaba limpiando sus cuchillos con un trapo, levantó la vista.
—Eso es un suicidio.
Ronan se giró hacia él, mostrando los dientes.
—Esta casa es una trampa mortal. Acaban de usar a uno de mis hombres para entrar. Saben dónde estamos, saben cómo romper nuestras defensas. Tengo un búnker en las montañas, a cuarenta kilómetros al norte. Está revestido de plomo y