La confesión de impotencia de Ronan había dejado un silencio denso en la sala, pero no duró mucho. La desesperación, en un hombre como él, no se traducía en parálisis, sino en acción frenética. Si no podía luchar contra la mente de Seraphina, blindaría el mundo físico a su alrededor hasta que nada pudiera tocarla.
—Dime qué necesitas —le dijo Ronan a Damien, su voz recuperando el filo de mando, aunque sus ojos seguían oscuros por la preocupación—. Dijiste que podíamos reforzar el perímetro.
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