La confesión de impotencia de Ronan había dejado un silencio denso en la sala, pero no duró mucho. La desesperación, en un hombre como él, no se traducía en parálisis, sino en acción frenética. Si no podía luchar contra la mente de Seraphina, blindaría el mundo físico a su alrededor hasta que nada pudiera tocarla.
—Dime qué necesitas —le dijo Ronan a Damien, su voz recuperando el filo de mando, aunque sus ojos seguían oscuros por la preocupación—. Dijiste que podíamos reforzar el perímetro.
Damien asintió, sacando de su chaqueta un trozo de tiza negra y un frasco pequeño con un líquido plateado.
—Tu sangre es fuerte, Alfa. Tiene autoridad. La mía tiene conocimiento. Si las mezclamos en los umbrales, crearemos una barrera. No los detendrá para siempre, pero les quemará si intentan cruzar físicamente.
Durante la siguiente hora, Seraphina observó desde el sofá una escena que jamás pensó presenciar. Ronan y Damien trabajaban juntos.
Era una danza extraña y tensa. Ronan se cortaba la palma