El sonido de las rodillas de Kaël golpeando la nieve fue el detonante.
Como si una ola invisible hubiera barrido el claro, los lobos salvajes —asesinos, desterrados, monstruos sin ley— bajaron la cabeza uno por uno.
El bosque blanco quedó sumido en un silencio reverencial, roto únicamente por el jadeo entrecortado de Seraphina y el crujir del hielo en su ropa empapada.
Ella temblaba violentamente contra el pecho desnudo de Ronan, pero su puño seguía cerrado alrededor del tótem de hueso. Había