El círculo de lobos gigantes se detuvo. Sus fauces aún goteaban la sangre de los mercenarios, pero el hambre en sus ojos amarillentos ahora estaba clavada exclusivamente en Ronan y Seraphina.
Por un segundo infinito, el bosque quedó sumido en un silencio de tumba, roto solo por el crujido de la nieve bajo las pesadas patas de las bestias. Y entonces, como si obedecieran a una orden telepática y silenciosa, los lobos comenzaron a retroceder, perdiéndose en la espesura oscura de los pinos.
Seraph