El tiempo en la habitación se medía en milímetros de acero. Las garras de Ronan seguían presionando contra la piel del cuello de Damien, tan cerca de la arteria que una sola vibración de pulso podría haber terminado en un baño de sangre. Seraphina ni siquiera se atrevía a respirar, con los ojos fijos en el rostro concentrado del Errante y la máscara de furia asesina de su compañero.
Damien gruñó, un sonido de esfuerzo puro, y presionó su mano con más fuerza contra el vientre de ella.
Seraphina sintió una sacudida interna, como si dos imanes del mismo polo fueran forzados a separarse violentamente. Hubo un instante de dolor agudo, una presión que le cortó el aliento, y luego... espacio.
Sintió una liberación física en su útero. El peso denso y asfixiante del gemelo oscuro se replegó hacia el lado izquierdo, contenido por una barrera invisible pero tangible que Damien había erigido.
Y entonces, el sonido cambió.
El monitor fetal, que Elías sostenía con manos temblorosas, dejó de em