El tiempo en la habitación se medía en milímetros de acero. Las garras de Ronan seguían presionando contra la piel del cuello de Damien, tan cerca de la arteria que una sola vibración de pulso podría haber terminado en un baño de sangre. Seraphina ni siquiera se atrevía a respirar, con los ojos fijos en el rostro concentrado del Errante y la máscara de furia asesina de su compañero.
Damien gruñó, un sonido de esfuerzo puro, y presionó su mano con más fuerza contra el vientre de ella.
Seraphin