El despacho del capitán de policía olía a café caliente y ambiental de vainilla con canela. Esteban Montenegro ajustó el nudo de su elegante corbata de seda azul antes de golpear la puerta de roble con los nudillos. Detrás de él, dos abogados con maletines de cuero impecable esperaban, listos para desplegar documentos con la precisión de un ejército.
—Capitán Gutiérrez —dijo Esteban al entrar, ignorando la silla que le ofrecían—. Traigo evidencia irrefutable del asesinato de Lorena Ortíz Montenegro. Es información que les resultará de gran utilidad.
El capitán, un hombre de cincuenta años con una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda, hojeó el informe balístico con dedos callosos. Sus ojos se detuvieron en el sello de "Sandoval Industries' junto al número de serie del arma.
—¿Cómo obtuvo esto? —preguntó, alzando la mirada con desconfianza.
—Eso es irrelevante —interrumpió uno de los abogados, colocando una orden judicial sobre el escritorio—. Su deber es emitir una orden de