La habitación de Sabrina estaba impregnada de un aroma suave a jazmín, proveniente de la vela que ardía sobre el tocador de madera tallada, la cual había puesto por recomendación de Clara. Según su cuñada, aquello servía para calmar los nervios. La luz del atardecer se filtraba por las cortinas de seda, iluminando el vestido negro que yacía sobre la cama como una promesa de elegancia.
Sabrina, sentada frente al espejo con las manos temblorosas, trazaba una línea de delineador junto a sus párpa