El balcón era una herida abierta en la opulencia del salón: mármol frío bajo los pies, cortinas de terciopelo carmesí ondeando como lenguas de fuego en la brisa nocturna. El ruido de la fiesta se ahogaba tras las puertas cerradas, dejando solo el latido del silencio y el eco de dos respiraciones entrecortadas. Sabrina, apoyada contra la barandilla tallada con gárgolas, observaba a Edwards caminar de un lado a otro, su sombra alargada devorando las paredes. La luna plateada cortaba su perfil, re