El vestíbulo, con sus mármoles negros reflejando la luz de arañas de cristal, se convirtió en un teatro de vergüenza. Los invitados formaron un círculo asfixiante alrededor de los cuatro, sus murmullos creciendo como avispas enfurecidas. Sarah, erguida como una reina del drama, agitaba papeles amarillentos con manos enguantadas. Joaquín, a su lado, cruzaba los brazos con una sonrisa de depredador satisfecho.
—¡Miren! ¡Pruebas de su "arreglo"! —Vociferó Sarah, lanzando al suelo los papeles que