La mañana se filtró entre las cortinas como un susurro de algodón, tibia y ajena al vendaval de la noche anterior. Edwards observó a Sabrina dormir, sus pestañas temblorosas proyectando sombras de cuento de hadas sobre mejillas aún pálidas. La habitación olía a lavanda y café recién hecho, un bálsamo contra el fantasma de Joaquín que seguía merodeando en los rincones.
—No te muevas —murmuró cuando ella intentó incorporarse, su mano grande pero delicada presionando su hombro. —El médico dijo rep