La cabaña abandonada se alzaba entre los árboles como un espectro, sus tablas podridas crujiendo bajo el peso del viento. Sabrina se arrastró hacia el umbral, el tobillo hinchado latiendo al compás de su respiración entrecortada. La puerta, medio desprendida, se abrió con un gemido que heló su sangre. Dentro, el olor a moho y tierra húmeda la envolvió. Una ventana rosa filtrada por enredaderas dejaba entrar la pálida luz de la luna, iluminando un viejo sofá desgarrado y una chimenea llena de ho