Los días que siguieron a la partida de Dante fueron extrañamente serenos, como si la tormenta se hubiese detenido justo antes del impacto. Pero la calma era frágil. Una quietud espesa, artificial, como la superficie tranquila de un pantano lleno de serpientes.
Elena, ahora sin su protector, comenzó a notar detalles que antes había pasado por alto. Las conversaciones que callaban al pasar, los libros movidos de lugar, los ojos que ya no la miraban con compasión, sino con juicio.
Y en el centro d