Elena avanzaba entre la niebla de la madrugada, con Alma envuelta contra su pecho. La mochila le pesaba poco; lo que de verdad le dolía era el alma. Sabía que Jacinto y Lucía despertarían furiosos, que Dante se volvería loco cuando supiera que se había ido sola. Pero algo dentro de ella —un fuego distinto, más profundo— le decía que no podía seguir escondiéndose.
No si la amenaza llevaba la sangre de Dante.
Caminó hacia la estación más cercana, pidió un taxi y dio una dirección que recordaba de