El campo brillaba bajo el sol de primavera. En la pequeña casa al borde del bosque, la vida se sentía lenta, tranquila, como si el tiempo mismo hubiera cedido ante la paz.
Alma corría descalza por la hierba, riendo. Sus rizos oscuros brillaban como carbón encendido, y sus ojos azules, los mismos que su padre, cortaban el aire con inocencia pura. Tenía la sonrisa ladeada de Dante, esa que él mostraba sólo cuando estaba realmente en paz. Y la dulzura silenciosa de Elena, que la miraba desde el po