Elena se miró en el espejo del pequeño cuarto de huéspedes en la casa segura donde Alexander la había llevado. El reflejo le devolvió una imagen desconocida: su cabello suelto caía sobre los hombros, oscuro y grueso; su piel, pálida pero decidida; sus ojos, hinchados por el cansancio, pero firmes.
El hábito ya no colgaba de su cuerpo. Lo había dejado doblado con cuidado sobre la cama del convento antes de huir. No como una traición… sino como una elección.
Ya no era Sor Elena.
Era simplemente E