El disparo resonó por todo el puerto. Por un instante, pareció que el tiempo se congelaba. El cuerpo de Silvano se tambaleó hacia atrás, una mancha roja abriéndose lentamente en su pecho. Cayó sobre las maderas podridas como un rey destronado, con los ojos abiertos, fijos en el techo.
Dante jadeaba, arrodillado, con el arma todavía en la mano. La sangre le corría por el costado, pero no soltó la pistola. Alexander corrió hacia él.
—¡Dante!
—Estoy bien —gruñó, intentando ponerse de pie—. No… no