Renata les preparó una habitación al fondo de la casa. El lugar olía a tierra húmeda y lavanda, y aunque el silencio reinaba, había una tensión invisible flotando entre las paredes.
Dante miraba el cuaderno de tapas gastadas. No se atrevía a abrirlo todavía. Elena, sentada junto a Alma, lo observaba con una mezcla de ternura y preocupación.
—¿La conociste? —preguntó.
—A mi abuela… no realmente —respondió Dante, con la voz baja—. Mi padre nunca hablaba de ella. Decía que era débil. Que creía en