El amanecer llegó cargado de un silencio espeso. En la casa de Renata, todos se preparaban sin decirlo en voz alta, como si presentaran un duelo anticipado. Elena preparó una pequeña bolsa con pañales, ropa, y el rosario antiguo que ahora no se separaba de su cuello. Alma dormía plácidamente, ignorando el peso de los apellidos que la rodeaban.
Dante se colocó una camisa negra y ajustó la pistola a su espalda. No era la primera vez que salía a matar. Pero sí la primera vez que temía no volver.
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