Epílogo: bajo el mismo cielo

Un año después

La tierra estaba húmeda por la lluvia de la madrugada. Las flores silvestres florecían en cada rincón del jardín. Alma, con un vestido blanco lleno de flores bordadas, lanzaba pétalos sobre el camino de piedra mientras reía con una corona de jazmines en la cabeza.

—¡Mamá ya viene! —gritó, emocionada—. ¡Papá, no llores!

Dante se frotó los ojos con disimulo. Alexander, a su lado, le palmeó el hombro.

—Nunca te vi temblar ni cuando disparaban a matar. Pero hoy… pareces un niño perdi
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