Los primeros disparos rebotaron en las paredes de la vieja iglesia como truenos sagrados. Alexander rodó hacia una columna caída, cubriéndose mientras Dante avanzaba con precisión mortal. Cada movimiento suyo era un eco de su pasado, una danza aprendida en la violencia.
Vittorio no se escondía. Estaba de pie, firme, como si fuera inmune al fuego, rodeado de dos guardaespaldas armados y un aura de arrogancia casi religiosa.
—¿Viniste solo? —le gritó a Dante por encima del estruendo—. ¿Otra vez c