Elena despertó envuelta en silencio, apenas iluminada por la luz suave que se filtraba por la ventana. Dante aún dormía a su lado en el viejo sillón, como si su cuerpo se negara a alejarse demasiado. Había pasado la noche allí, con una pistola sobre la mesa y los ojos abiertos, vigilante.
No se tocaron. No se dijeron nada más después del abrazo. Pero algo se selló entre ellos.
Una tregua. Un pacto silencioso entre dos corazones rotos.
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Alexander les había conseguido un día más en la casa s