La tarde caía lentamente sobre la ciudad, tiñendo el cielo de tonos ámbar y violeta. La brisa que se colaba por las ventanas del hospital era suave, como si el mundo intentara ofrecer un consuelo silencioso al caos emocional que se había desatado.
María José se encontraba de pie en la sala de espera, con la mirada perdida en la máquina expendedora de café, pero sin atreverse a presionar ningún botón. Llevaba minutos de pie ahí, con los pensamientos girando como remolinos. Isaac se había ido a h