El sonido del timbre se oyó con fuerza a través del silencio tenso que dominaba la casa. Eliana corrió a abrir la puerta, con los ojos enrojecidos, el cabello desordenado y las manos temblorosas. Al ver a su padre en el umbral, no pudo contenerse más.
—¡Papá! —exclamó rompiéndose en llanto, lanzándose a sus brazos—. ¡Se llevaron a Samuel! ¡Otra vez!
El señor Álvarez la sostuvo con firmeza, pero su rostro ya reflejaba preocupación. La había sentido desde que su hija lo llamó, llorando, con la vo