Habían pasado varias semanas desde aquella noche oscura. El caos había dado paso a una tranquilidad que la casa no conocía desde hacía tiempo. Las risas comenzaban a llenar los rincones otra vez, y los silencios ya no eran pesados ni rotos por el llanto.
Samuel se recuperaba poco a poco. Aún tenía pesadillas, aún se aferraba a su madre cuando despertaba asustado, pero ya sonreía más seguido, ya jugaba con sus juguetes en el tapete de la sala, y sobre todo, ya dormía abrazado a Eliana sin miedo.