Samuel abrió lentamente los ojos. La luz era escasa, y lo primero que notó fue el olor extraño que impregnaba el aire. No estaba en su cama. No estaba en su casa. Estaba sobre una colchoneta vieja y dura, en una habitación fría y silenciosa que no reconocía. El miedo le recorrió el cuerpo como una corriente eléctrica. Se incorporó de golpe, pero sus pequeños brazos temblaron al sostenerse. Su corazón latía tan fuerte que podía oírlo dentro de su cabeza.
—¿Mamá? —su voz apenas fue un susurro que