Los días siguientes fueron extrañamente tranquilos.
Ferrer y Beatriz seguían detenidos. Ismael preparaba la defensa para el juicio de la casa. Quiroga patrullaba los alrededores de la mansión con la misma meticulosidad de siempre. Las piezas parecían estar en su sitio. Pero yo había aprendido que la calma, en esta familia, nunca duraba demasiado.
—Estás pensando en algo —dijo Sebastián, sentado frente a mí en la mesa del desayuno.
—En que todo está demasiado tranquilo.
—¿Y eso es malo?
—No. Sol