Ferrer y Beatriz volvieron al banco una hora después.
Quiroga los esperaba en el despacho del subdirector, sentado en la silla de Ferrer como si fuera suya. A su lado, los dos agentes de paisano permanecían de pie, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en la puerta. Ismael revisaba los documentos sobre la mesa. Y yo, de pie junto a Sebastián, contenía la respiración.
La puerta se abrió.
Gonzalo Ferrer entró primero. Era un hombre de unos cincuenta años, calvo, con gafas de montura dor