El hospital donde estaba ingresada Ivanna olía a café de máquina y a ese silencio denso que solo existe en las plantas de recuperación. Quiroga me acompañó hasta la puerta de la habitación y se quedó fuera, apoyado contra la pared, con la tableta en la mano y el gesto de quien no descansa ni cuando no hay amenazas.
—Está despierta —me informó—. La doctora dice que la conmoción ha sido leve, pero que necesita reposo absoluto.
—¿Ha dicho algo más?
—Solo que quiere hablar con usted. Con nadie más.