Cruzar el umbral de aquel portón fue como atravesar la puerta de otro mundo.
Dentro, el silencio se volvió denso, casi sólido, roto apenas por el goteo lejano de una tubería oxidada y el crujido de nuestros pasos sobre el cemento agrietado. Olía a humedad, a madera podrida y a algo más que no supe identificar. Algo metálico que me recordó a la sangre.
Sebastián caminaba delante de mí. Su mano derecha rozaba la pistolera bajo la chaqueta, un gesto que le había visto ensayar decenas de veces pero